sábado, 23 de julio de 2011

¡Éramos preciosos! ¡Somos unos inútiles!

Sé ahogó en lo más profundo de su tráquea, se deslizó por sus rodillas, se envenenó con sus pestañas, murió con sus lagrimas y resucitó entre sus dedos. Volvió a sus abrazos, volvió para darle su lluvia, su sonrisa, para darle su voz y sus pies. Nunca la dejó, o eso es lo que dió a entender.

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